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Fonquetá hecha a mano

Fonquetá es una de las veredas más encantadoras del municipio de Chía, tiene como vecinos la iglesia de la Valvanera enclavada en las verdes montañas, el Resguardo Indígena, y por donde se mire, hay campo, mucho campo. En este lugar nació Ana Rosa Torres de Cifuentes, la incansable y emprendedora mujer que tiene en sus manos el destino de uno de los productos íconos de la artesanía de Chía y de Colombia.

Pues fue en Fonquetá, donde hace 53 años, unas jóvenes muchachas de la región se reunían en la finca de Cecilia Iregui de Holguín, una acaudalada mujer que en sus ratos libres les enseñaba a cocer, bordar y otros menesteres.  Comenzaron entonces 25 mujeres y su primera gran tarea fue coser el mismo número de trajes típicos, que muy pronto terminaron y quedaron con ganas de seguir produciendo. En ese preciso momento nacieron los tapices de Chía, un nuevo oficio inspirado por Cecilia Iregui, realizado por ellas, y desde entonces presente en muchas de nuestras casas y en muchas otras del extranjero.

De aquellas jóvenes hoy muy pocas los siguen elaborando. Por la tenacidad de Ana Rosa, y otras compañeras, tienen una Asociación, de la cual ella es la presidente, y luchan porque esta hermosa artesanía, que tiene Sello de Calidad de Artesanías de Colombia, no muera en sus manos.

Y es que llegar a su taller y apreciar en cada tapiz una obra de arte, es una experiencia maravillosa. En cada pieza está bordado, en lana, el campo, sus casas, los animales, las flores, los campesinos, el sol, la luna y las estrellas. Son sus elementos cotidianos elaborados en lana virgen y convertidos en una bella obra artística que bien puede llamarse primitivista.

“Cada uno es diferente, no lo encuentran repetido y no lo hacen en ninguna parte del mundo”, dice orgullosa esta cálida y sencilla mujer, madre de cinco hijos y abuela de ocho nietos, de quien dice una de sus nueras: “es una mujer de carácter y muy constante en sus metas. Además es excelente cocinera”.

Y es esa constancia la que ha permitido que los tapices (las piezas más conocidas) y otras, elaboradas con la misma técnica, permanezcan. Por su trabajo, y el de siete artesanas más, Artesanías de Colombia les validó nuevamente el Sello de Calidad, reconocimiento que recibió cada una de ellas. Esa perseverancia ha logrado también que los tapices lleguen a decorar las casas de muchos países entre ellos México, España, Paraguay, Estados Unidos y Francia.

¿Qué les hace falta para que esta tradición no muera? Pues comercialización y que los jóvenes quieran trabajar en ello. Para Ana Rosa, la mejor opción sería que un miembro de su familia continúe con este bello oficio que hace visible a Chía. Aún así, ella ve entre sus alumnas a una joven muchacha que tiene el mismo ímpetu que ella tenía cuando comenzó entonces a elaborar estas hermosas piezas.

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